Aymeric Laporte dejó su hogar en Agén y a su familia siendo adolescente para apostar por su futuro en Bilbao. Un paso arriesgado que hoy resuena en la selección española y en el Mundial 2026.
Aymeric Laporte no solo es uno de los nombres más sólidos de la defensa española en el Mundial 2026, sino también el protagonista de una historia que ha captado la atención por su trasfondo personal. El futbolista, que hoy brilla en la selección y en el Athletic Club de Bilbao, tomó una decisión que pocos adolescentes se atreven a enfrentar: dejar atrás su pueblo natal y a sus padres para perseguir un sueño en solitario, en un país distinto y con un idioma que apenas dominaba.
La vida de Laporte en Agén, una localidad francesa de poco más de treinta mil habitantes, parecía marcada por la cercanía familiar y el deporte. Desde los cinco años, el pequeño Aymeric ya destacaba en el Sporting Union Agen, arropado por una familia donde el deporte era parte del ADN: su padre, Lionel, apasionado del rugby y trabajador de supermercado, y su madre, Marie-José, peluquera, siempre entendieron la importancia de apoyar a su hijo en cada paso.
Un salto sin red
El primer gran cambio llegó cuando, con solo doce años, Laporte se trasladó a Miramont-de-Guyenne para compaginar estudios y fútbol, viviendo fuera de casa durante la semana. Pero el verdadero giro se produjo a los quince, cuando el Athletic de Bilbao puso sus ojos en él. No era un fichaje sencillo: ni la región de origen de Laporte cumplía los requisitos habituales del club, ni la normativa le permitía jugar fuera de Francia a esa edad. La solución fue una cesión temporal, pero el desafío real era otro: instalarse solo en Bizkaia, lejos de todo lo conocido.
La decisión no fue fácil. Laporte ha reconocido en varias ocasiones que la unión con su familia era muy fuerte y que el salto a España supuso una auténtica aventura, con todos los riesgos emocionales que eso implicaba. Sin embargo, el joven defensa apostó por su futuro y se instaló en la residencia de promesas del club en Derio, compartiendo espacio con otros cuatro franceses y mezclándose con jugadores españoles de su edad en el Liceo Francés de Bilbao.
Aprender a vivir lejos
El idioma fue uno de los primeros muros que tuvo que derribar. Por suerte, uno de sus compañeros ya hablaba castellano y le sirvió de apoyo en los primeros meses. Poco a poco, Laporte fue encontrando su sitio, y el grupo de jóvenes futbolistas se convirtió en una segunda familia que le ayudó a superar la soledad y la vulnerabilidad de aquellos días. El propio jugador ha admitido que fue una etapa difícil, pero que no se arrepiente de haber dado ese paso: los sacrificios, asegura, han valido la pena y le han dado aún más ganas de luchar por el éxito.
La historia de Laporte conecta con otras trayectorias de futbolistas que han tenido que reinventarse lejos de casa, como se vio recientemente en el caso de Marc Cucurella y el amuleto que le acompaña en cada torneo, un detalle que también generó conversación entre los seguidores de la selección, tal como se relató en un reportaje sobre supersticiones y gestos íntimos en la Roja.
Un nuevo hogar en Bilbao
Hoy, Laporte mira atrás y reconoce que aquel salto al vacío fue el inicio de todo. La residencia en Derio, los estudios en Bilbao y la convivencia con otros jóvenes talentos le permitieron forjar una nueva familia lejos de Agén. Aunque la distancia con sus padres nunca dejó de pesar, el apoyo telefónico y la convicción de estar construyendo su propio camino le dieron fuerzas para seguir adelante.
Como señala Divinity, la historia de Aymeric Laporte es la de un adolescente que apostó por sí mismo y aprendió a vivir lejos de los suyos para alcanzar la élite. Un relato que, en pleno Mundial, resuena con fuerza y recuerda que detrás de cada gran nombre del fútbol hay decisiones valientes y sacrificios silenciosos.