Paco Benítez, agricultor de 63 años, ha recuperado el cultivo del higo chumbo en Chiclana tras décadas de abandono. Su esfuerzo enfrenta la amenaza de la cochinilla del carmín y refleja el nuevo valor de este fruto en Andalucía.
Paco Benítez, con 63 años y una vida ligada a la tierra, ha convertido una parcela familiar de El Marquesado, en Chiclana de la Frontera, en uno de los mayores cultivos de higo chumbo de la provincia de Cádiz. En sus cerca de 8.000 metros cuadrados, el fruto que durante años crecía silvestre y sin valor comercial vuelve a ocupar caminos y lindes donde antes desapareció.
La historia de Paco con el campo comenzó temprano. Dejó los estudios a los 13 años para trabajar en tareas agrícolas, aunque la falta de ingresos le llevó a la construcción. Sin embargo, nunca abandonó del todo la agricultura: en sus ratos libres cuidaba viñas, frutales y huertos. En 2011, plantó una hilera de chumberas para proteger las vides del viento de levante, sin imaginar que años después ese gesto marcaría el inicio de una nueva etapa.
En 2022, tras ver cómo las chumberas resistían donde otras plantas no sobrevivían, decidió ampliar el cultivo y ocupar con ellas una zona antes dedicada a cepas. Utilizó pencas de sus propias plantas, sin comprar ejemplares nuevos, y en poco tiempo la explotación alcanzó cinco lanzadas de terreno. Hoy, su producción abastece mercados, fruterías y almacenes de la zona, en un contexto donde la escasez ha devuelto valor al higo chumbo.
Una plaga desafía el renacer
El principal obstáculo para este cultivo es la cochinilla del carmín, un insecto que ataca las chumberas y puede destruir tanto la planta como sus frutos. Paco dedica buena parte de su tiempo a vigilar y tratar las plantas afectadas, ya que la plaga puede avanzar sin que el deterioro sea visible a simple vista. Según la Junta de Andalucía, la especie Dactylopius opuntiae ha causado daños graves en explotaciones de la región, llegando a provocar la muerte de numerosas chumberas.
La vigilancia constante y el control de la plaga han convertido el cultivo del higo chumbo, tradicionalmente resistente a la sequía, en una tarea exigente y laboriosa. Cuando los daños se hacen evidentes, a menudo ya es tarde para salvar la cosecha. Esta situación ha reducido drásticamente la presencia de chumberas en Andalucía, lo que a su vez ha cambiado la percepción y el valor del fruto.
De fruto olvidado a producto apreciado
Durante décadas, los higos chumbos crecían en abundancia junto a carreteras y caminos rurales, y cualquiera podía recogerlos sin coste. La sobreoferta hacía que pocos estuvieran dispuestos a pagar por ellos. Sin embargo, la desaparición de muchas chumberas ha reducido la oferta y abierto la puerta a su comercialización. Agricultores como Paco Benítez han visto en este cambio una oportunidad para recuperar un cultivo tradicional y adaptarlo a las nuevas condiciones del campo andaluz.
El interés por el higo chumbo crece entre quienes buscan alternativas agrícolas en terrenos con poca disponibilidad de agua. La experiencia de Paco demuestra que, pese a las dificultades, es posible devolver este fruto al paisaje andaluz, siempre que se mantenga un control riguroso sobre las plagas.
Contexto y retos futuros
La recuperación del higo chumbo en Andalucía se enmarca en una tendencia más amplia de revalorización de cultivos autóctonos y resistentes al cambio climático. La escasez de agua y la presión de plagas obligan a los agricultores a buscar soluciones innovadoras y a proteger especies que durante años se consideraron secundarias. En este sentido, la protección de la biodiversidad y el respeto a las especies locales también han sido objeto de atención normativa, como ocurre con la prohibición de retirar nidos de aves protegidas, que puede acarrear sanciones de hasta 200.000 euros, según se detalla en este análisis sobre la protección de la fauna en España.
El caso de Paco Benítez ilustra cómo la dedicación y la adaptación pueden transformar un cultivo olvidado en una alternativa viable para el campo andaluz. El futuro del higo chumbo dependerá de la capacidad de los agricultores para controlar las plagas y de la demanda creciente de productos locales y sostenibles.