La población de oso pardo en España ha pasado de menos de 70 a más de 400 ejemplares en treinta años. El avance plantea nuevos retos de convivencia y conservación, especialmente en zonas donde la especie vuelve a expandirse.
En marzo de 2025, el Ministerio para la Transición Ecológica confirmó que la población de oso pardo en España ha superado los 400 ejemplares, una cifra impensable hace solo treinta años, cuando la especie estuvo al borde de la desaparición con menos de 70 animales. Este crecimiento, que abarca tanto la Cordillera Cantábrica como los Pirineos, marca un cambio radical en la situación del oso pardo y obliga a replantear las estrategias de gestión y convivencia en las zonas rurales.
Dos realidades distintas
La cifra global de 400 osos esconde diferencias notables entre las dos grandes áreas donde sobrevive la especie. En la Cordillera Cantábrica, los análisis genéticos de 2020 estiman unos 370 ejemplares, repartidos entre un núcleo occidental, mucho más numeroso, y otro oriental. El movimiento de machos ha reducido el aislamiento genético, aunque las hembras siguen mostrando menor movilidad entre núcleos. En los Pirineos, el seguimiento transfronterizo identificó al menos 108 osos en 2025, incluyendo animales en España, Francia y Andorra. Sin embargo, los métodos y periodos de recuento varían, por lo que no se trata de una fotografía simultánea de toda la población española.
Expansión hacia nuevas zonas
El avance del oso pardo no se limita a sus refugios históricos. Un estudio publicado en octubre de 2025 documentó 85 registros en Cabrera, La Carballeda y Sanabria entre 2012 y 2025, en 34 cuadrículas de diez kilómetros. Las evidencias —huellas, imágenes, daños en colmenares, testimonios y análisis genéticos— confirman la recolonización de territorios donde la especie llevaba décadas ausente. Entre 2018 y 2024, el área ocupada alcanzó los 18.800 kilómetros cuadrados, lo que convierte a estas sierras en corredores estratégicos para la expansión y la reducción del aislamiento de los grupos en crecimiento.
Riesgos y desafíos persistentes
Pese al éxito demográfico, el oso pardo sigue catalogado como especie en peligro de extinción. El aumento de ejemplares no implica la desaparición de amenazas: la recuperación se debe a la lucha contra el furtivismo, la restauración del hábitat y la protección de áreas sensibles, pero el cambio climático añade incertidumbre. El Ministerio advierte sobre cosechas irregulares de arándano, menor disponibilidad de bosques y periodos de hibernación más cortos. Además, la expansión acerca a los osos a huertas, colmenas y carreteras, lo que exige medidas preventivas para evitar conflictos y accidentes con la fauna silvestre.
Un protocolo para la convivencia
El 22 de junio de 2026, la Conferencia Sectorial de Medio Ambiente aprobó un nuevo protocolo de intervención ante osos heridos, habituados o conflictivos, aplicable en Galicia, Asturias, Cantabria y Castilla y León. El documento establece niveles de actuación según el riesgo y la conducta, desde la vigilancia hasta la captura y atención veterinaria, siempre priorizando la seguridad de las personas y la conservación de la especie. La coordinación entre administraciones busca respuestas homogéneas y efectivas, sin relajar la protección legal del oso pardo.
La recuperación del oso pardo recuerda a otros procesos de reintroducción y expansión de especies protegidas en la península, como la transformación de espacios naturales urbanos que se está llevando a cabo en ciudades como València, donde la renovación de parques y zonas verdes también contribuye a la mejora de la biodiversidad y la convivencia entre fauna y sociedad.
El futuro del oso pardo en España dependerá de la conservación de los corredores ecológicos, la vigilancia activa y la aceptación social de su presencia. La experiencia reciente demuestra que la recuperación es posible, pero exige un esfuerzo constante y adaptado a los nuevos retos que plantea la convivencia con una especie emblemática y aún vulnerable.