La imputación de Zapatero por tráfico de influencias ha reactivado la presión para aprobar una ley que regule el lobby en España. El sector reclama normas claras y advierte del estancamiento parlamentario.
La imputación del expresidente José Luis Rodríguez Zapatero por presunto tráfico de influencias en el caso Plus Ultra ha intensificado la demanda de una regulación urgente para la actividad del lobby en España. La Asociación de Profesionales de las Relaciones Institucionales (APRI) ha enviado cartas a los principales grupos parlamentarios y a la Mesa del Congreso, advirtiendo que la reciente suspensión de la Comisión de Reglamento y la paralización de la ponencia sobre la ley de grupos de interés suponen un nuevo bloqueo en una materia donde España acumula años de retraso.
El presidente de APRI, Carlos Parry, sostiene que la situación es insostenible y reclama reglas claras que permitan diferenciar la participación legítima en los procesos públicos de las conductas que deben ser sancionadas o excluidas. Tras la imputación de Zapatero, la asociación defendió públicamente que “el lobby no es corrupción, ni tráfico de influencias”, subrayando la necesidad de una norma que delimite con precisión ambas prácticas.
El debate sobre la frontera entre lobby y tráfico de influencias se ha reavivado especialmente en casos que involucran a expolíticos. La Oficina de Conflicto de Intereses de las Cortes Generales ya había alertado en abril sobre la falta de transparencia en las relaciones entre parlamentarios y lobbies, una advertencia que se repite desde hace cinco años. El caso de Santos Cerdán, secretario de Organización del PSOE, imputado hace más de un año, también puso el foco en la ausencia de una regulación específica.
En el Congreso, las posiciones de los partidos sobre la futura ley de lobbies muestran diferencias notables. Según un informe de Civio, tanto PP como Vox proponen modelos de supervisión independientes y abogan por incluir a partidos, patronales y sindicatos como grupos de interés cuando realicen actividades de lobby. Junts, en cambio, quiere limitar la ley solo a la influencia profesional, mientras que el BNG plantea restringirla a quienes buscan beneficio económico. Civio califica estas excepciones como contrarias a los estándares internacionales y advierte que debilitarían la eficacia de la norma.
Sumar destaca por su propuesta de crear un registro de lobbies, exigir transparencia financiera, identificar puertas giratorias y detallar los fondos públicos recibidos. Además, pide que se hagan públicos los detalles de las reuniones y que se señale a los lobistas que hayan ocupado cargos públicos en los últimos cinco años, una medida que también apoyan ERC y Bildu. El PSOE propone un veto de dos años para exdiputados y altos cargos, mientras que el PNV quiere ampliar el alcance del veto a todo el personal público susceptible de influencia.
Fuentes parlamentarias indican que la reforma del Reglamento depende solo del voto de Junts, pero la ley de lobbies sigue estancada en las negociaciones. El sector teme que la falta de avances perpetúe la opacidad y la confusión entre lobby legítimo y tráfico de influencias, especialmente en un contexto marcado por casos judiciales recientes.
En España, la regulación del lobby ha sido una asignatura pendiente durante más de una década. A diferencia de otros países europeos, donde existen registros públicos y mecanismos de control independientes, el marco español sigue sin definir claramente los límites y obligaciones de los grupos de interés. La ausencia de una ley específica dificulta la transparencia en la toma de decisiones públicas y alimenta la percepción de riesgo de corrupción. El Grupo de Estados contra la Corrupción (GRECO) ha recomendado reiteradamente a España avanzar en esta materia, pero los desacuerdos políticos han frenado el proceso. La aprobación de una ley ambiciosa podría suponer un cambio relevante en la relación entre instituciones y lobbies, aportando mayor claridad y confianza al sistema político.