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Niños moken desafían los límites de la visión humana bajo el agua

Laura Castillo Español.News

Publicado por Laura Castillo

Niños moken desafían los límites de la visión humana bajo el agua Español.News © espanol.news
Niños moken desafían los límites de la visión humana bajo el agua © espanol.news

Un grupo de niños del sudeste asiático ha sorprendido a la ciencia al desarrollar una agudeza visual submarina que duplica la media humana. Estudios revelan que esta habilidad se puede entrenar y no depende de diferencias anatómicas.

En las aguas del mar de Andamán, un grupo de niños moken ha demostrado una capacidad visual bajo el agua que desafía lo que se consideraba posible para el ojo humano. Investigaciones realizadas por la Universidad de Lund en 2003 y 2006 documentaron cómo estos menores lograban distinguir patrones y objetos pequeños en el fondo marino con una nitidez inusual, llevando su visión hasta el límite conocido para nuestra especie.

El fenómeno llamó la atención de la comunidad científica cuando se comprobó que los niños moken alcanzaban una agudeza visual de 6,06 ciclos por grado bajo el agua, más del doble que los 2,95 ciclos por grado registrados en niños europeos. Esta diferencia no se debía a una estructura ocular distinta, sino a una respuesta funcional: durante la inmersión, los moken contraían la pupila hasta 1,96 milímetros y forzaban la acomodación del cristalino hasta 16 dioptrías, el máximo documentado en humanos.

Adaptación sin mutación

La clave de esta habilidad reside en dos ajustes simultáneos del ojo. Por un lado, la pupila se reduce, lo que amplía la profundidad de campo y minimiza el desenfoque. Por otro, el cristalino se deforma al máximo para compensar la pérdida de enfoque que provoca el agua al igualar el índice de refracción con la córnea. Así, los niños moken logran ver con claridad donde la mayoría solo percibe formas borrosas.

Este mecanismo no implica una evolución anatómica como la de los cetáceos, sino una plasticidad funcional del ojo humano. Los estudios subrayan que la capacidad no es exclusiva de los moken: tras 11 sesiones de entrenamiento, niños europeos también aprendieron a contraer la pupila y acomodar el cristalino bajo el agua, alcanzando resultados comparables. Ocho meses después, la mejora se mantenía, lo que sugiere que la infancia es una ventana privilegiada para este tipo de aprendizaje visual.

Entrenamiento y entorno

La cultura moken, ligada durante generaciones a la vida marina, ha favorecido la exposición temprana y repetida a las condiciones necesarias para desarrollar esta destreza. Los menores bucean desde pequeños para recolectar alimentos, lo que refuerza la adaptación funcional de su visión. Sin embargo, los investigadores advierten que no todos los niños moken actuales presentan esta habilidad, ya que depende tanto del entorno como de la práctica continuada.

La comparación con los delfines, frecuente en la divulgación, es solo una analogía periodística. Los mamíferos marinos han desarrollado adaptaciones anatómicas tras millones de años de evolución, mientras que los niños moken aprovechan al máximo los recursos ópticos del ojo humano sin modificar su estructura. Por eso, los expertos prefieren hablar de plasticidad y aprendizaje, no de una transformación biológica.

Limitaciones y contexto

Los estudios originales no realizaron una comparación experimental directa con delfines y sus conclusiones se limitan a los participantes analizados hace más de dos décadas. Tampoco se ha demostrado que la destreza se mantenga toda la vida, ya que la flexibilidad del cristalino disminuye con la edad y los adultos encuentran más difícil reproducir la respuesta.

El caso de los niños moken ilustra cómo el entorno y el entrenamiento pueden llevar las capacidades humanas más allá de lo habitual. Fenómenos similares, donde la adaptación al medio genera respuestas inesperadas, han sido documentados en otros contextos, como la recuperación de ecosistemas tras intervenciones humanas. Un ejemplo reciente es la retirada de neumáticos sumergidos en Florida, que mostró cómo la naturaleza puede responder de formas sorprendentes a los cambios ambientales (más detalles sobre la restauración marina en Florida).

En definitiva, la historia de los “niños delfín” no es solo una curiosidad biológica, sino una muestra de la capacidad de adaptación y aprendizaje del ser humano cuando el entorno lo exige y la práctica lo permite.

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