Un pequeño excremento fosilizado hallado en Montana, del tamaño de media pelota de golf, ha dado un giro a lo que se sabía sobre las aves prehistóricas. Dentro de este coprolito, un grupo de científicos encontró plumas tridimensionales de un ave buceadora que vivió hace 66 millones de años. También hallaron huesos y escamas de pez. El estudio, publicado en Current Biology, ofrece una mirada inédita al plumaje de especies ya desaparecidas y pone en cuestión lo que se creía sobre la cadena alimentaria al final del Cretácico.
David DeMar descubrió el fósil en la formación Hell Creek mientras buscaba restos de peces. Lo que parecía solo un excremento de dinosaurio tenía una pluma visible en la superficie. Esto llevó a un análisis detallado con tomografía computarizada y estudios minerales. A diferencia de los habituales huesos gigantes, aquí la clave está en los restos que sobrevivieron al paso por el aparato digestivo de un terópodo de tamaño medio. La especie exacta aún no se ha identificado.
La conservación tridimensional de las plumas dentro del coprolito es tan excepcional que algunos paleontólogos la consideran la mejor muestra de pluma mesozoica jamás hallada.
Dentro del coprolito había huesos de la pata de un ave y pequeñas escamas de pejelagarto. Esta mezcla apunta a que el ave era un hesperornitiforme, un grupo extinto de aves acuáticas. Los investigadores creen que el ave se comió el pez y luego fue devorada por el dinosaurio. Pero el fósil no aclara si el dinosaurio cazó a ambos o solo se alimentó de un animal muerto.
Plumas entre lo moderno y lo extinto
El análisis de las plumas muestra una mezcla de rasgos. Dos plumas tienen un eje cuadrado y un interior esponjoso, igual que en aves actuales. Según la Universidad de Washington, el siguiente fósil con esta estructura aparece en el Eoceno de Dinamarca, unos diez millones de años después. Esto amplía lo que se sabe sobre la evolución del plumaje, aunque no permite fijar cuándo surgió exactamente.
Otras plumas del mismo coprolito son más primitivas y pequeñas. Por eso, no se puede decir que el animal tuviera un plumaje igual al de las aves modernas. Las estructuras vistas apuntan a adaptaciones acuáticas, como la capacidad de limitar la entrada de agua entre las ramificaciones. Pero el fósil no conserva la distribución completa de las plumas ni permite saber su color o aplicar estos rasgos a todos los hesperornitiformes.
El estudio, liderado por Jingmai O’Connor del Field Museum, fue publicado el 10 de septiembre de 2026 y destaca que la estructura de las plumas halladas retrasa en unos 10 millones de años la aparición conocida de ciertos tipos de plumaje resistente al agua.
Hipótesis sobre la extinción
Jingmai O’Connor, autora principal y miembro del Field Museum, plantea que el tipo de plumaje pudo influir en la supervivencia de las aves tras el impacto del asteroide que cerró el Cretácico. Las plumas corporales ayudan a conservar el calor. Si algunos linajes tenían mal aislamiento, pudieron ser más vulnerables al frío. Pero esta idea no es una prueba definitiva ni permite saber la temperatura corporal de los ejemplares estudiados.
Los hesperornitiformes, aunque eran parientes cercanos de las aves actuales y estaban adaptados al agua, no sobrevivieron a la extinción. Esto pone en duda que la vida acuática bastara para sobrevivir y lleva a mirar otros factores, como el aislamiento térmico y la renovación del plumaje. El estudio deja claro que aún no se sabe cuánto pesó cada factor en la desaparición de estos grupos.
Lo que se sabe y lo que sigue sin respuesta
El fósil deja ver plumas, escamas y fragmentos óseos, pero atribuirlos a una misma cadena alimentaria depende de la interpretación anatómica y del contexto. Tampoco se puede saber si el dinosaurio cazó al ave o solo la encontró muerta. Conservar parte de una comida no es lo mismo que conservar la secuencia completa de los hechos.
Los investigadores quieren buscar más coprolitos y analizarlos con tomografía para ver si este tipo de conservación se repite y comparar distintos plumajes. Mientras tanto, la pieza ya está en la colección del Burke Museum, según la Universidad de Washington. El análisis de El Mundo recoge la importancia del hallazgo para la paleontología y la hipótesis sobre el frío.
Este hallazgo no resuelve el misterio de la extinción de las aves acuáticas del Cretácico, pero sí abre nuevas vías para entender cómo la evolución del plumaje pudo influir en la supervivencia de ciertos linajes. La publicación científica, titulada Bird feathers from a Late Cretaceous coprolite, supone un avance en el estudio de la biología prehistórica y muestra el valor de los coprolitos como fuente de información inesperada. El reto ahora es seguir rastreando estos fósiles para reconstruir mejor la historia evolutiva de las aves y su resistencia a las crisis ambientales.