La República Democrática del Congo (RDC) vive el brote de ébola más grave de su historia reciente, con más de 5.100 casos confirmados y al menos 2.420 fallecidos desde principios de año. La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha intensificado su intervención ante la rápida expansión de la variante Bundibugyo, que ya afecta a seis provincias del este y noreste del país y ha superado en mortalidad al brote de 2018.
En ciudades como Bunia, capital de Ituri y uno de los focos principales, el temor se ha instalado entre la población. Residentes como Hubert Nendakala, que ha perdido a familiares directos en apenas tres semanas, alertan sobre el riesgo de subestimar la situación. La OMS considera que el riesgo sigue siendo “muy alto” para la RDC y “alto” para los países vecinos, mientras que para el resto de África se mantiene en nivel bajo.
El avance del virus se ve agravado por la ausencia de una vacuna o tratamiento autorizado para la variante Bundibugyo. Las vacunas existentes, diseñadas para la cepa Zaire, no resultan eficaces en este contexto. Según la ONU, cada media hora muere una persona en la RDC a causa de esta fiebre hemorrágica, y la mayoría de los fallecimientos se producen fuera de los hospitales, lo que dificulta el control de la transmisión.
La cadena de contagios se mantiene activa en más de 55 zonas sanitarias, y aunque más de 1.000 personas han logrado recuperarse tras recibir tratamiento sintomático, el 60-70% de las muertes se producen en el entorno comunitario, según los Centros Africanos para el Control y la Prevención de Enfermedades (Africa CDC). La detección tardía del brote, que comenzó a circular en enero o febrero de 2026 pero no fue declarado hasta mayo, se atribuye a errores de diagnóstico y a la falta de pruebas específicas para la variante Bundibugyo.
La OMS ha reforzado la vigilancia comunitaria, ampliado la capacidad de tratamiento y trabaja para implicar a las comunidades en la respuesta sanitaria. Además, se están probando dos vacunas experimentales y se priorizan los entierros seguros para evitar nuevos contagios durante los rituales tradicionales. Sin embargo, la organización solo ha recibido el 60% de los fondos necesarios para contener la epidemia, en un contexto de recortes internacionales y reducción drástica de la financiación estadounidense.
El responsable de la OMS para la enfermedad por el virus Bundibugyo en la RDC, Thierno Baldé, señala que la descentralización de la respuesta y la formación del personal sanitario son claves para frenar el brote. Se prevé aumentar la capacidad hospitalaria hasta 3.000 camas en los próximos meses, aunque no existe un calendario claro para controlar la situación.
Como referencia, Uganda logró extinguir un brote similar con apenas una veintena de casos gracias al diagnóstico precoz y al rastreo intensivo de contactos. En contraste, la respuesta inicial en la RDC se ha visto lastrada por la letargia institucional y la falta de recursos. El brote actual es el segundo más mortífero del continente tras la epidemia de 2014-2016 en África occidental, que dejó más de 11.300 víctimas.
El ébola es una enfermedad viral grave que se transmite por contacto directo con fluidos corporales de personas infectadas o fallecidas. La variante Bundibugyo, identificada por primera vez en 2007, presenta síntomas similares a otras enfermedades tropicales, lo que complica su detección temprana. La OMS y sus socios insisten en la importancia de la colaboración comunitaria y la financiación internacional para evitar una crisis sanitaria aún mayor en la región.