El Sónar 2026 en la Fira de l’Hospitalet introduce cambios que alteran la experiencia habitual. La reorganización de espacios y el enfoque en la música transforman el ambiente. El público reacciona ante la pérdida de elementos icónicos.
El Sónar 2026 ha iniciado su edición en la Fira de l’Hospitalet con una transformación que no ha pasado desapercibida para asistentes y veteranos del festival. La reorganización de los escenarios y la apuesta por un modelo más centrado en la música y el ocio han generado sensaciones encontradas entre el público, que en las primeras horas experimentó cierta desorientación ante la nueva geografía del evento.
Durante la primera jornada, la confusión fue palpable entre algunos asistentes, llegando incluso a casos de personas que confundieron el festival con otros grandes eventos musicales de Barcelona. Sin embargo, a medida que avanzaba la noche y el volumen de los conciertos aumentaba, el debate sobre los cambios fue quedando en segundo plano, absorbido por la intensidad de las actuaciones y el ambiente festivo.
La sesión de Charlotte de Witte destacó por su potencia sonora, dejando huella en los asistentes y contribuyendo a esa sensación de desconexión con el entorno habitual del Sónar. La presencia de figuras históricas del festival, como Sergio Caballero y Enric Palau, añadió un matiz nostálgico, aunque sus intervenciones reflejaron el giro hacia un formato menos experimental y más orientado al disfrute colectivo.
El público percibió la reducción de elementos icónicos y de merchandising, así como la simplificación de la imagen visual del festival. Este año, la ausencia de bolsas y novedades en las prendas, junto con pulseras más sencillas y el abandono del sistema cashless en favor del pago con tarjeta, marcaron una ruptura con la estética y la experiencia de ediciones anteriores. La decoración, dominada por un auto de choque convertido en escultura, fue vista como menos llamativa en comparación con años previos.
En el recinto, la seguridad también se hizo notar, con controles discretos por parte de la policía y situaciones que evidenciaron la adaptación del público a las nuevas dinámicas del festival. Mientras tanto, en escenarios como SonarLab, la atmósfera urbana y la variedad musical, desde el gqom hasta el dancehall, mantuvieron la energía y el interés de los asistentes, aunque las conversaciones sobre el pasado y el presente del Sónar se diluían rápidamente ante la fuerza del sonido.
Algunos veteranos expresaron su nostalgia por espacios emblemáticos como la plaza de l’Univers, ahora reemplazados por nuevas zonas como el Sónar Village, que, pese a la confusión inicial, lograron reconectar al público con la esencia del festival gracias a actuaciones como la de Arp Frique & The Perpetual Singers. La diversidad de estilos y la libertad en la vestimenta siguieron siendo señas de identidad, aunque el impacto de los cambios estructurales fue evidente en la percepción general.
Las actuaciones de artistas como Daniel Avery y Skepta mantuvieron el nivel de expectación, mientras que la propuesta de Cabaret Voltaire y la intensidad sonora de SonarCar ofrecieron experiencias contrastadas. Instalaciones como Organysmo aportaron un respiro en medio del bullicio, aunque las restricciones de acceso a ciertas zonas recordaron que, pese a la renovación, algunas normas siguen vigentes.
El Sónar, fundado en 1994, es uno de los festivales de música electrónica y experimental más reconocidos de Europa. Su traslado a la Fira de l’Hospitalet en los últimos años ha supuesto una adaptación tanto para la organización como para el público. La edición de 2026 confirma la tendencia hacia un modelo más pragmático y comercial, con menos peso para la experimentación visual y mayor énfasis en la música y la experiencia colectiva. La evolución del festival refleja los cambios en la industria y en las expectativas de los asistentes, consolidando a Barcelona como un referente internacional en el circuito de festivales.