El derrumbe de Harry no llegó en Londres ni ante las cámaras, sino en la intimidad de su nueva vida en Canadá. Apenas dos días después de aterrizar con Meghan Markle, la adrenalina que lo había sostenido se evaporó. El príncipe se vio atrapado en una depresión que lo dejó sin fuerzas para funcionar, según relató en una charla con la neurocientífica Mary-Frances O'Connor para el curso «Redefining Grief: Building Resilience Through Loss» de MasterClass. «Caí en una depresión durante unas dos semanas y sentía que no podía funcionar sin adrenalina», admitió el duque de Sussex. El testimonio ha resonado en todo el Reino Unido y ha puesto en jaque la imagen de fortaleza de la familia real.
El testimonio de Harry fue grabado en colaboración con la profesora O'Connor, experta en neurociencia de la Universidad de Arizona, para un curso que explora cómo el cerebro afronta la pérdida y el proceso de adaptación.
La raíz del dolor, sin embargo, se remonta a 1997. Harry tenía 12 años cuando caminó tras el féretro de Diana por las calles de Londres. Aquella escena, grabada en la memoria colectiva, marcó el inicio de un duelo silenciado. Durante casi veinte años, no derramó una lágrima por su madre y aprendió a reprimir cualquier emoción. «Era un niño de 12 años sin permiso para derrumbarse y sin un plan para sanar», reconoce ahora. La disciplina palaciega le impuso un precio alto.
El proceso de sanar fue largo y lleno de obstáculos. En terapia, un especialista le sugirió buscar el perfume que usaba Diana. Ese gesto, tan simple como íntimo, le devolvió recuerdos que creía perdidos, como el sonido de su risa. Rociar el perfume fue, en sus palabras, «como derribar ciertos ladrillos» y dejar que la memoria hiciera su trabajo. Harry también confesó que durante años se sintió culpable por ser feliz sin su madre, convencido de que el sufrimiento era la única forma de honrarla. Solo la terapia le permitió entender que Diana habría querido verlo feliz y libre de esa carga.
La presión institucional no aflojó. Los compromisos oficiales le provocaban ataques de pánico. Ponerse una camisa y corbata se volvió asfixiante. El Ejército fue su refugio durante años, con dos misiones en Afganistán que le ofrecieron una distracción, aunque ahora admite que también fue una huida de su propio dolor. La adrenalina era el motor que lo mantenía en pie.
El traslado de Harry, Meghan y su hijo Archie a Canadá se produjo a finales de 2019, antes de que la pareja anunciara oficialmente su renuncia como miembros activos de la familia real en enero de 2020. Este episodio marcó el inicio de una nueva etapa antes de su posterior mudanza a Estados Unidos.
El Megxit no trajo alivio inmediato. Tras mudarse a Canadá, la caída emocional fue tan inesperada como brutal. Harry tuvo que enfrentarse a todo lo que había evitado durante años. La distancia con su padre y su hermano Guillermo se acentuó tras la entrevista con Oprah Winfrey, el documental de Netflix y la publicación de sus memorias, «Spare». Ahora, con Archie y Lilibet como prioridad, el duque ha impuesto una regla: no pasar más de diez días lejos de su familia.
El eco de su confesión recuerda a otros relatos de duelo en el mundo de los famosos, como el que compartió Carmen Lomana tras la pérdida de su hermano. En ambos casos, la exposición pública del dolor personal abre una conversación sobre la salud mental y el peso de las expectativas familiares.
La historia de Harry desafía la imagen de fortaleza imperturbable que la realeza ha cultivado durante décadas. Su decisión de hablar abiertamente sobre el duelo y la depresión marca un punto de inflexión en la narrativa de la Casa de Windsor. En un entorno donde el silencio ha sido la norma, la vulnerabilidad de Harry se convierte en un gesto de ruptura. El último movimiento del duque deja a la monarquía británica ante una nueva realidad.