En Oslo, la imagen más comentada del funeral del rey Harald no fue la corona sobre el féretro, sino la de Marius Borg, hijo de la princesa heredera, entrando en la catedral con una pulsera telemática en la muñeca. Su presencia, autorizada por un permiso judicial tras días de debate público, puso en primer plano la tensión entre el protocolo y la vida privada dentro de la familia real noruega.
La ceremonia, conocida como ‘Operation K’ y organizada por el Ministerio de Asuntos Exteriores noruego, se planificó al detalle. Desde la muerte del monarca, cada paso estuvo controlado: la procesión oficial en un Mercedes-Benz Geländenwagen negro, cubierto por la espada, la corona y el estandarte real, y los doce cañonazos desde el castillo de Akershus. A las 13:00, todo el país guardó un minuto de silencio, marcado por tres campanadas en las iglesias.
Fuentes oficiales noruegas confirmaron que Marius Borg recibió permiso especial para participar también en la procesión con el féretro antes del funeral, no solo en la ceremonia principal.
En el cortejo, junto a los reyes Haakon VIII y Mette-Marit, la reina viuda Sonia, la princesa Marta Luisa, la princesa heredera Ingrid Alexandra y el príncipe Sverre Magnus, la presencia de Marius Borg fue la más comentada. Su papel en el traslado del féretro y la decisión judicial de permitirle asistir con control telemático reabrieron el debate sobre la exposición pública de los miembros menos convencionales de la familia real. Según medios noruegos e internacionales, la medida de control electrónico sobre Marius Borg fue prorrogada unas semanas antes del funeral, en el marco de un proceso penal aún abierto, permitiéndole salir de Skaugum solo para los actos fúnebres.
Las ausencias también llamaron la atención. La reina emérita Margarita de Dinamarca, que había confirmado su asistencia, no pudo viajar por motivos de salud y sigue ingresada en Copenhague. Desde España, el ministro de la Presidencia, Félix Bolaños, tampoco acudió por falta de espacio en la catedral, lo que obligó a reducir varias delegaciones extranjeras. Finalmente, los reyes Felipe y Letizia y la reina emérita Sofía representaron a España en Oslo.
El nivel de representación fue alto. Guillermo y la princesa Ana acudieron en nombre de la corona británica, siguiendo la costumbre de que el monarca no asista a estos funerales. Desde Bélgica llegaron los reyes Felipe y Matilda; Dinamarca estuvo representada por los reyes Federico y Mary, el príncipe heredero Christian y la princesa Benedicta. Liechtenstein, Luxemburgo, Japón, Mónaco, Países Bajos y Suecia —esta última con la familia real al completo— completaron el mapa de la realeza europea en Oslo.
El protocolo de seguridad y ceremonial, conocido como 'Operation K', fue elaborado por el Ministerio de Asuntos Exteriores de Noruega mucho antes del fallecimiento del rey Harald V, previendo cada detalle desde el anuncio oficial hasta el funeral de Estado. El plan incluyó medidas excepcionales de protección y limitación de aforo, así como la coordinación de minutos de silencio y repique de campanas en todo el país.
El protocolo noruego, que limitó el aforo y priorizó la seguridad, dejó fuera a varios representantes políticos y diplomáticos. En estos actos, la ausencia de ciertos invitados tiene tanto peso simbólico como la presencia de quienes sí asisten. La solemnidad del evento, reforzada por la precisión de ‘Operation K’, mostró la capacidad de la monarquía noruega para blindar sus rituales, aunque no puede evitar que gestos como el de Marius Borg se conviertan en tema nacional.
La despedida de Harald ha servido para medir el pulso de las casas reales europeas y su adaptación a los nuevos tiempos. La pulsera telemática de Marius Borg, la ausencia de figuras clave y la reducción de delegaciones han puesto sobre la mesa la tensión entre tradición y exposición mediática. Como ocurrió en otros episodios familiares de alto perfil, como el giro en la relación de Isak Andic y su hijo, la gestión pública de lo privado sigue marcando la agenda de las dinastías europeas. La ceremonia de Oslo fue un adiós al rey y un recordatorio de que, en la era de la transparencia, ningún detalle pasa desapercibido.