La presencia de microplásticos en el aire no solo añade contaminación, sino que también podría estar sumando calor al sistema climático. Un estudio publicado el 10 de septiembre de 2026 en npj Emerging Contaminants calcula que estas pequeñas partículas generan un forzamiento radiativo neto de 42,1 milivatios por metro cuadrado. Aunque esta cifra no se traduce directamente en grados de temperatura, sí indica una alteración real en el balance energético de la Tierra.
El modelo de los investigadores se centró en condiciones sin nubes y analizó partículas de entre 1 y 100 micrómetros. La concentración de referencia, 3,99 partículas por metro cúbico para el rango de 50 a 100 micrómetros, es una estimación global pensada para ajustar los cálculos, no para describir lo que se respira en una calle concreta. El resultado apunta a un efecto positivo en el balance energético, es decir, una tendencia al calentamiento.
En Suiza, un estudio oficial estimó que cada año caen unas 219 toneladas de microplásticos desde la atmósfera por debajo de los 2000 metros de altitud, de las cuales cerca de 78 toneladas terminan en tierras agrícolas y unas 10 toneladas directamente en cuerpos de agua.
El impacto depende de cómo interactúan los microplásticos con la radiación solar y la que emite la superficie terrestre. Según su tamaño, color y composición, estas partículas pueden dispersar la luz y enfriar, o absorber energía y calentar. El color es clave: los plásticos pigmentados absorben más luz, como ya había señalado una investigación previa publicada el 4 de mayo de 2026.
La incertidumbre sigue siendo alta. El margen de error del estudio, ±4,62 milivatios por metro cuadrado, solo recoge la variabilidad de las simulaciones a lo largo de 20 años y no abarca todas las dudas sobre la cantidad, características y distribución real de los microplásticos en la atmósfera. Si se modifican los supuestos, los resultados varían entre un posible enfriamiento de −3,28 y un calentamiento de +46,7 milivatios por metro cuadrado. Esta amplitud muestra lo dependiente que es el modelo de los datos de entrada y lo limitado de las mediciones actuales.
El estudio no permite atribuir episodios concretos, como olas de calor marinas, a la acción de los microplásticos, ni calcular cuántos grados ha subido la temperatura por su culpa. Tampoco ofrece una solución doméstica: dejar de usar un producto de plástico no se traduce automáticamente en un descenso medible de la temperatura global. La relación entre residuos plásticos y clima es compleja y aún poco cuantificada.
Según la Organización Meteorológica Mundial, el microplástico ya se considera un aerosol atmosférico relevante y su presencia es ubicua, aunque las estimaciones de fuentes y flujos varían mucho por la falta de mediciones estables. Además, se calcula que existen unos 51 millones de toneladas de microplásticos acumulados en tierra y 22 millones en los océanos, lo que convierte a ambos en grandes reservorios y fuentes potenciales de partículas para la atmósfera.
Para avanzar, los científicos piden inventarios comparables de concentraciones, tamaños y composición de microplásticos, así como datos sobre su distribución vertical y cuánto tiempo permanecen en suspensión. El modelo tampoco incorpora las posibles interacciones entre microplásticos y nubes, un factor que podría modificar el balance energético de formas aún desconocidas.
Este trabajo se suma a una línea de investigación que, como se ha reportado antes, busca identificar nuevos factores de riesgo ambiental y sanitario. En este caso, la aportación principal es mostrar que los microplásticos no solo son un problema de contaminación visible, sino que pueden estar alterando procesos climáticos a escala global.
La utilidad de este estudio no está en ofrecer una cifra definitiva, sino en poner sobre la mesa un fenómeno que hasta ahora había pasado desapercibido en los grandes modelos climáticos. La evidencia de un posible efecto de calentamiento obliga a repensar el papel de los residuos plásticos en la atmósfera y a exigir mejores datos y más investigación. Ignorar este factor sería un error: la ciencia ya ha demostrado que incluso los detalles aparentemente menores pueden inclinar la balanza del clima mundial.