Un animal de apenas siete centímetros ha pasado a primer plano en la vigilancia científica de futuros virus. El murciélago grande de herradura, que vive en España y buena parte de Eurasia, se ha convertido en ejemplo de una nueva estrategia: dejar de buscar culpables generales y centrar la atención en linajes concretos con historial de virus peligrosos.
Este cambio de enfoque llega tras el mayor análisis realizado hasta ahora sobre mamíferos y su relación con virus que pueden afectar a humanos. El equipo de Caroline A. Cummings, según publica Communications Biology, revisó 889 especies y 2.637 asociaciones conocidas entre mamíferos y virus. El resultado desmonta la idea de que todos los murciélagos suponen el mismo riesgo. La familia Rhinolophidae, a la que pertenece el murciélago grande de herradura, destaca por la mortalidad asociada a los virus que alberga, pero el peligro no se reparte igual ni entre murciélagos ni entre otros mamíferos.
"Investigaciones recientes han identificado más de 500 especies de murciélagos del suborden vespertilioniformes que poseen dos grupos distintos de genes de anticuerpos, lo que podría explicar su resistencia inusual a los virus."
ScienceDaily
El estudio no intenta predecir la próxima pandemia ni señala a un solo animal como responsable. En cambio, identifica ramas evolutivas donde la letalidad, la transmisión entre humanos y el número de muertes superan lo esperado. Por ejemplo, los primates catarrinos destacan en transmisión secundaria, mientras que ciertos linajes de murciélagos concentran virus con mayor impacto letal. Además, la investigación corrige el sesgo hacia especies más estudiadas, lo que permite afinar la vigilancia y evitar falsas alarmas.
La clave está en priorizar recursos. Vigilar las 1.500 especies de murciélagos del planeta es inviable. Por eso, el trabajo propone concentrar esfuerzos en linajes como Rhinolophidae y en regiones donde la presión humana y la riqueza de especies coinciden. Los mapas generados por los investigadores sitúan los principales focos en Centroamérica, la costa de Sudamérica, África ecuatorial y el sudeste asiático. Para los flavivirus, el sudeste asiático y África subsahariana aparecen como zonas críticas.
"Según datos recientes publicados en Frontiers in Cellular and Infection Microbiology, los estudios metagenómicos han identificado 919 contigs virales y 217 especies virales en muestras de murciélagos, lo que demuestra que la investigación de campo y genómica sobre estos animales sigue avanzando rápidamente."
Frontiers in Cellular and Infection Microbiology
El caso del murciélago grande de herradura ilustra la paradoja: un animal diminuto, de apenas 17 a 34 gramos, puede albergar virus con potencial pandémico, pero su simple presencia no basta para considerarlo una amenaza directa. La vigilancia debe ser selectiva y basada en datos, no en prejuicios. El 38% de las asociaciones entre virus y mamíferos se apoya solo en pruebas serológicas, que indican exposición pero no necesariamente capacidad de transmisión. Incluso la PCR, tan popular en la pandemia, no garantiza que un animal pueda contagiar a otro organismo.
La investigación no solo redefine la vigilancia viral, también obliga a repensar la relación entre biodiversidad y salud pública. No se trata de demonizar especies, sino de entender los mecanismos que facilitan el salto de virus a humanos. El trabajo recuerda que la transformación del territorio y el contacto creciente entre personas y fauna silvestre multiplican los riesgos, como ya ocurrió con el SARS y otros coronavirus asociados a murciélagos de herradura. Según expertos citados por Antara News, los murciélagos de la familia Rhinolophidae han sido identificados como reservorios naturales de coronavirus similares al SARS, lo que subraya la importancia de la vigilancia continua sobre estos linajes.
La selección de zonas prioritarias no se limita a Europa. Los científicos cruzaron la distribución de linajes de riesgo con la huella humana para identificar puntos calientes donde la vigilancia puede marcar la diferencia. Esta metodología recuerda la rapidez con la que cambios ambientales pueden transformar regiones enteras, como se analizó en otro estudio reciente sobre el Sáhara.
El mensaje es claro: prevenir futuras crisis sanitarias requiere vigilancia inteligente, dirigida y basada en evidencia. No hay espacio para simplificaciones ni para buscar chivos expiatorios en la naturaleza. La ciencia exige precisión y recursos bien enfocados. Si algo demuestra este estudio, es que la próxima amenaza puede surgir donde menos se espera. Por eso, la vigilancia selectiva puede marcar la diferencia entre una alerta temprana y una crisis global.