Un estudio internacional ha detectado rastros de mercurio de origen humano en Groenlandia con una antigüedad de 4.000 años. El análisis de un núcleo glaciar muestra que la contaminación comenzó mucho antes de la era industrial.
La contaminación por mercurio, considerada hasta ahora un fenómeno ligado a la industrialización, tiene raíces mucho más antiguas. Un equipo internacional ha logrado reconstruir la historia de las emisiones de este metal tóxico a partir de un núcleo de hielo extraído a 1.250 metros de profundidad en Groenlandia. El análisis, publicado en Science Advances y con participación del Instituto de Química Física Blas Cabrera del CSIC, demuestra que la huella humana en la atmósfera comenzó hace al menos 4.000 años, durante la Edad de Bronce.
El núcleo glaciar, obtenido en el marco del Proyecto de Núcleos de Hielo del Este de Groenlandia, abarca prácticamente todo el Holoceno, desde hace 11.700 años hasta la actualidad. Cada capa de hielo funciona como un registro anual de la atmósfera, permitiendo identificar tanto señales de origen natural, como erupciones volcánicas, como rastros de actividades humanas a miles de kilómetros.
Los resultados muestran que prácticas antiguas, como el refinado de minerales de cobre y estaño o el uso de cinabrio —un mineral rico en mercurio empleado como pigmento y en medicina—, ya liberaban cantidades significativas de mercurio. Los investigadores relacionan estos datos con hallazgos arqueológicos en la península ibérica, donde se han detectado altos niveles de mercurio en restos humanos de la época, lo que sugiere un uso extendido del cinabrio. La señal captada en Groenlandia indica que estas emisiones alcanzaron la atmósfera del hemisferio norte mucho antes de la revolución industrial.
El estudio revela además que la acumulación de mercurio en Groenlandia se ha incrementado de forma sostenida. Desde el siglo XIII, los niveles se multiplicaron por 2,7, y a partir de 1840, con la industrialización, el aumento fue de 7,4 veces. La metodología empleada permitió distinguir entre emisiones humanas y picos naturales asociados a grandes erupciones volcánicas, como las del volcán Laki en 1783 o Novarupta en 1912.
El mercurio es un contaminante global que puede viajar largas distancias y depositarse en mares y continentes alejados de su origen. Su acumulación en la cadena alimentaria marina representa un riesgo para la salud humana, especialmente a través del consumo de pescado de gran tamaño como el atún. Este tipo de estudios permite mejorar los modelos de emisiones y evaluar la eficacia de acuerdos internacionales como el Convenio de Minamata, en vigor desde 2017 para limitar el uso y la liberación de mercurio.
Como contexto, el mercurio es uno de los metales más tóxicos y persistentes en el medio ambiente. España, por su proximidad a yacimientos históricos de cinabrio como los de Almadén, ha tenido un papel relevante en la producción y uso de este mineral durante siglos. La investigación refuerza la importancia de controlar las fuentes de contaminación y de mantener la vigilancia sobre los efectos a largo plazo de los metales pesados en la salud pública y los ecosistemas.