El regreso de los jóvenes a la Puerta del Sol llamó la atención de Amelia Sánchez, una mujer de 76 años que se ha convertido en una figura inesperada de la acampada surgida tras el desahucio de Maricarmen. La mayoría de los presentes no llega a los 30 años, pero la llegada de Amelia cambió el ambiente de protesta en el centro de Madrid.
La noche que se enteró de la acampada, Amelia volvía de celebrar el cumpleaños de su hija. Vio un despliegue policial en el Paseo del Prado y supo que algo pasaba. Al llegar a casa, escuchó que cientos de personas estaban montando tiendas en Sol. Decidió que tenía que ir. Al amanecer, salió desde San Fermín con un amigo. No pertenece a ninguna plataforma ni colectivo.
Durante la segunda noche de protesta, el número de tiendas de campaña en Sol alcanzó cerca de 100, según recuentos de medios internacionales.
Su llegada no pasó desapercibida. Amelia se ofreció para cualquier tarea: repartió agua, recogió basura y recorrió casi 200 tiendas de campaña repartiendo fruta y animando a los acampados a no rendirse. Su energía y ganas de ayudar contrastaron con las agujetas que confesó tener por empezar taichí, pero no le impidieron moverse durante horas.
La acampada nació como respuesta al desahucio de Maricarmen. Más de 500 personas pasaron la noche del sábado en Sol, según Reuters y medios españoles. El domingo llegaron más tiendas y actividades. El Sindicato de Inquilinas impulsó la protesta y pide medidas urgentes contra los desahucios y la aprobación del "decreto Maricarmen" para frenar la subida de los alquileres.
Amelia, que tiene una edad parecida a la de Maricarmen, insiste en que su caso es solo uno entre miles. Dice que la protesta va mucho más allá de una sola persona. Para ella, lo importante es que los jóvenes han vuelto a salir a la calle, después de años en los que, según cuenta, solo se oían voces de signo contrario.
El desahucio de Maricarmen, de 87 años, se produjo tras un incremento del alquiler de aproximadamente un 275%, lo que la obligó a abandonar su vivienda en el barrio de Retiro después de siete décadas residiendo allí.
En Sol, Amelia compartió su historia con los universitarios. Contó cómo perdió su juventud al quedarse embarazada a los 22 años, en una época sin anticonceptivos, y cómo la vivienda siempre fue un problema para su familia. Llegó a vivir con sus hijos en una habitación pequeña junto a la zapatería de su exmarido. Lamenta que hoy mucha gente vuelva a pasar por lo mismo.
También criticó que se hayan normalizado situaciones que considera inaceptables, como esperar un año para una consulta médica o que la vivienda sea un privilegio. Tras cuatro horas de actividad, aceptó la crema solar que le ofreció una voluntaria y bromeó diciendo que, si no paraba, acabaría en manos del Samur.
Antes de irse, Amelia reflexionó sobre el sentido de su presencia. No busca protagonismo. Quiere apoyar a quienes ahora tienen la fuerza para liderar el cambio. Su deseo es que la movilización no se quede en un gesto puntual, sino que sirva para recuperar derechos que, según ella, pueden perderse en minutos tras décadas de lucha.
La acampada en Sol ha llamado la atención de medios y redes, como ya se contó en informes previos. El caso de Maricarmen ha sido el detonante, pero la protesta muestra un malestar más amplio sobre el acceso a la vivienda y la precariedad.
La historia de Amelia Sánchez muestra la conexión entre generaciones en las luchas sociales y la importancia de la memoria colectiva. Su implicación deja claro que la indignación ante la pérdida de derechos no tiene edad y que el relevo en la protesta social sigue vivo en España. La movilización en Sol, lejos de ser un hecho aislado, apunta a que la sociedad civil no está dispuesta a resignarse ante la indiferencia y la desigualdad.
Los manifestantes piden medidas urgentes al Gobierno de España. Se espera que el Consejo de Ministros trate el asunto en su próxima sesión, según información de ElDiario.es.