Las banderas noruegas, que llevaban días a media asta, volvieron a lo alto justo cuando el nuevo rey Haakon VIII salió de la iglesia del castillo de Akershus. Ese gesto, junto a una doble salva real y el repique de campanas durante una hora, marcó el traspaso oficial de la corona y cerró una jornada que no pasó desapercibida. Noruega entera se detuvo para despedir a Harald, en un funeral que rompió con lo esperado y con el protocolo habitual de la realeza europea.
El detalle más comentado no fue la pompa militar ni la solemnidad de la procesión, sino la persona que presidió la ceremonia: Sunniva Gylver, obispa de Oslo, reconocible por sus rastas y un piercing en la nariz. A sus 59 años, Gylver ofrece una imagen muy distinta a la que suele asociarse con la alta jerarquía eclesiástica. Su presencia en el altar, ante la familia real y el país entero, fue un mensaje claro de renovación y diversidad en una institución tradicionalmente conservadora.
La ceremonia oficial se celebró el 9 de septiembre de 2026 a las 13:00 en la Catedral de Oslo, siguiendo el rito funerario de la Iglesia de Noruega.
La misa luterana, en la Catedral de Oslo, reunió a la familia real en una coreografía medida al detalle. El féretro de Harald, cubierto con la bandera roja real, avanzó a un ritmo inusualmente lento, 60 pasos por minuto, sobre un afuste de cañón arrastrado por un Mercedes-Benz Geländewagen negro militar. Detrás iban el nuevo rey Haakon VIII, la princesa heredera Ingrid Alexandra, el príncipe Sverre Magnus y Marta Luisa de Noruega. La reina viuda Sonia y la nueva reina consorte, Mette-Marit, siguieron la comitiva en coche oficial, un gesto que mezcló simbolismo y pragmatismo, reflejando la combinación de tradición y modernidad que marcó la jornada.
El país entero participó en el homenaje. A las 13:00, cuando comenzó la ceremonia, Noruega guardó un minuto de silencio interrumpido solo por tres campanadas en todas las iglesias. Incluso el transporte público y los trenes se detuvieron, subrayando la magnitud del momento. Antes, 21 salvas de duelo habían sonado no solo en Oslo, sino también en Bergen, Halden, Trondheim, Vardø y Setermoen, llevando el luto a todo el país.
Uno de los momentos más llamativos llegó tras la ceremonia religiosa, cuando cuatro aviones de combate F-35 sobrevolaron la catedral. Uno de ellos se separó del grupo y ascendió solo, en una imagen que simbolizó la partida del monarca. El cuerpo de Harald fue trasladado en procesión privada hasta la iglesia del castillo de Akershus, donde descansará junto a sus padres y abuelos en un sarcófago doble, diseñado en secreto y encargado en 2024 por 20 millones de coronas noruegas. El público no verá el diseño hasta que el rey ya esté depositado en él, un detalle que ha alimentado la curiosidad y el misterio sobre el último refugio del monarca y su viuda, la reina Sonia.
Según el comunicado oficial de la Casa Real, la participación de Sunniva Gylver como obispa de Oslo fue planificada y confirmada con antelación, formando parte del protocolo oficial del funeral de Estado. No existe constancia de que se haya producido una ruptura del protocolo, como han aclarado medios noruegos y fuentes institucionales.
La jornada estuvo marcada por una sucesión de gestos y símbolos que, lejos de ser solo formalidades, reflejaron la identidad de una monarquía dispuesta a romper moldes. La elección de Sunniva Gylver como oficianta, la lentitud casi hipnótica de la procesión y el protagonismo de la familia real en cada detalle dieron al funeral un carácter propio, alejado de la rigidez mediterránea y más cercano a la sensibilidad escandinava. Como señala Divinity, la ceremonia fue un reflejo de la Noruega actual: respetuosa con la tradición, pero abierta a la diferencia y la modernidad.
En el contexto de otras despedidas familiares que han marcado la conversación pública, como reportado antes, el funeral de Harald de Noruega muestra cómo los gestos simbólicos y los detalles inesperados pueden transformar un acto solemne en un acontecimiento nacional con eco internacional. La monarquía noruega ha optado por mostrarse cercana y auténtica, apostando por una imagen menos rígida y más conectada con la sociedad actual. Esa decisión, lejos de restar peso a la institución, la ha hecho más visible en un momento en que la distancia entre la realeza y la ciudadanía es cada vez más cuestionada.