Un incendio en 1969 puso fin a un lugar que, para Arturo Pérez-Reverte, fue mucho más que el escenario de su infancia. El Poblado de Escombreras, construido para los empleados de la refinería Repesa, desapareció tras el fuego y las posteriores medidas de seguridad. Quedó atrás una generación marcada por la convivencia y los recuerdos compartidos.
Pérez-Reverte, hoy uno de los escritores más reconocidos en español, no oculta la huella que dejó en él ese entorno. Él mismo lo ha llamado “un auténtico paraíso”. Allí vivían familias de todos los rangos laborales: jefes y obreros compartían colegio, piscina, cine y hasta el casino. La mezcla social era real, aunque las diferencias seguían presentes.
El Poblado de Escombreras fue uno de los primeros proyectos de vivienda industrial en España y más tarde se asoció con la compañía Repsol.
La vida en Escombreras tenía sus propias reglas. Los niños, sin distinción de clase, corrían juntos por los campos y la orilla del mar, aprendiendo a convivir en un microcosmos que hoy parece irreal. “Había diferencias, pero el respeto era la norma y la infancia se vivía en pandilla”, ha recordado el académico en más de una ocasión. El poblado, perfectamente urbanizado y autosuficiente, contaba con todos los servicios necesarios y una conexión fluida con Cartagena gracias a autobuses, tranvías y trenes de vía estrecha.
Hoy, el Poblado de Escombreras es solo un recuerdo compartido en redes sociales por quienes lo habitaron. Según datos recogidos por La Verdad, llegaron a convivir allí hasta 2.000 vecinos. Las reuniones de antiguos residentes, ya adultos, giran siempre en torno a las mismas anécdotas: las fiestas, la tienda de Pepito, los polos de Agustina, la piscina y ese casino que era punto de encuentro para todos.
Según fuentes recogidas por Divinity, la infraestructura del poblado incluía escuela, iglesia, casino, cine, tiendas, piscina y diversas instalaciones deportivas, además de una red de transporte que lo conectaba con Cartagena. Esta variedad de servicios contribuyó a crear una comunidad autosuficiente y cohesionada.
El final llegó de golpe. Tras el incendio en la refinería, las autoridades decidieron cerrar el asentamiento por motivos de seguridad. Las familias se dispersaron por la comarca, y la historia del poblado quedó sellada con la resistencia del panadero, el último en abandonar su casa. Ese desenlace, lejos de borrar el pasado, lo convirtió en mito para quienes lo vivieron.
La infancia de Pérez-Reverte en Escombreras no solo explica parte de su carácter, sino que muestra una España que ya no existe: la de los experimentos urbanísticos de los años 50, la convivencia forzada pero real y la nostalgia de una comunidad que se desvaneció con el humo de un incendio. Como señala Divinity, el escritor ha sabido transformar ese paraíso perdido en materia literaria y en una visión del mundo que sigue fascinando a millones de lectores.
En el universo de las biografías discretas y los orígenes poco convencionales, la historia de Pérez-Reverte recuerda a otros relatos de figuras públicas que han preferido mantener su vida privada lejos del foco, como se vio en el caso de Manu Carreño. Pero en el caso del escritor, la memoria de Escombreras no es solo un refugio personal: es también una declaración sobre la importancia de los lugares y las raíces en la construcción de una identidad pública. Y en tiempos donde la nostalgia se convierte en valor mediático, la infancia de Pérez-Reverte en aquel poblado perdido destaca como una de las historias más genuinas y menos impostadas del panorama literario español.