Luis Velasco Alonso gestiona 290 hectáreas en Bobadilla del Campo y denuncia que los costes suben mientras los precios agrícolas no avanzan. Reclama menos burocracia y más apoyo al producto nacional para evitar el abandono rural.
En Bobadilla del Campo, un pequeño municipio vallisoletano de apenas 279 habitantes, Luis Velasco Alonso lleva 33 años al frente de la explotación familiar. A sus 58 años, gestiona junto a su hermano Pablo un total de 290 hectáreas, de las cuales 260 son propiedad familiar y 30 están arrendadas. La finca combina cereal, cultivos de regadío y viñedo, pero la rentabilidad de muchos de estos productos está hoy en entredicho.
Velasco asumió la gestión en 1993 tras la enfermedad de su padre. Desde entonces, la diversificación ha sido clave: 210 hectáreas se dedican a cereales, leguminosas y colza, tanto en secano como en regadío; 60 hectáreas a remolacha, patata y maíz dulce bajo riego intensivo; y casi 20 hectáreas a viñedo verdejo de la Denominación de Origen Rueda. La familia abandonó la ganadería ovina por la falta de rentabilidad, una decisión que refleja la presión que sufren los productores ante precios que no cubren los costes.
Precios estancados y costes al alza
La campaña de cereal, según Velasco, ha sido de rendimiento medio: la cebada oscila entre 2.000 y 4.500 kilos por hectárea, dependiendo del terreno y el riego. Sin embargo, el verdadero problema está en los precios. Mientras los gastos en fertilizantes, gasóleo, fitosanitarios y maquinaria no dejan de crecer, el valor de la cosecha permanece estancado. "No podemos ser los que más arriesgamos y menos ganamos", resume el agricultor, que advierte de márgenes cada vez más estrechos e incluso negativos en algunos cultivos.
La Ley de la cadena alimentaria exige que el precio recibido por el productor supere el coste efectivo de producción, pero en la práctica, según Velasco, esto no garantiza beneficios. La situación recuerda a otros testimonios del sector, como el de Elena Burillo, una joven que dejó la Policía para dedicarse al campo y que también ha denunciado la presión de los precios agrícolas (ver aquí su historia).
Menos burocracia y más unión
Entre las principales demandas de Velasco está la reducción de la burocracia y las trabas administrativas que dificultan el día a día de las explotaciones. Reclama también una revisión de las restricciones sobre fertilizantes y fitosanitarios, así como una mayor promoción de los alimentos españoles. Defiende la cooperación entre agricultores para comercializar conjuntamente y evitar inversiones duplicadas en maquinaria, lo que permitiría mejorar la capacidad de negociación frente a grandes compradores.
El agricultor apuesta por más información sobre nuevas tecnologías y procesos de reconcentración parcelaria que hagan viables las explotaciones. Además, propone reconocer la agricultura como sector prioritario y crear un sindicato agrícola fuerte, financiado por los propios productores e independiente de los partidos políticos. Estas propuestas, subraya, son personales y no forman parte de ninguna reforma oficial.
El relevo generacional, en el aire
Por ahora, la continuidad de la explotación familiar parece asegurada: tanto Luis como su hermano calculan que podrán seguir trabajando unos ocho años más antes de jubilarse, y uno de los hijos muestra interés por el campo. Sin embargo, la viabilidad a largo plazo depende de que la actividad recupere margen y estabilidad. La dificultad para incorporar jóvenes al sector es una preocupación compartida en muchas zonas rurales.
La historia de Luis Velasco Alonso ilustra el reto de mantener la agricultura familiar en un contexto de costes crecientes y precios estancados. Según los datos publicados por EL ESPAÑOL de Castilla y León, la presión sobre los márgenes amenaza la continuidad de muchas explotaciones, especialmente en municipios pequeños donde la agricultura es el principal motor económico. El futuro del campo español pasa por encontrar un equilibrio entre rentabilidad, sostenibilidad y relevo generacional.