El 15 de agosto de 2022, un Boeing 737-800 de Ethiopian Airlines cruzó el cielo de Adís Abeba a 37.000 pies, sin iniciar el descenso programado y sin responder a los controladores aéreos durante varios minutos. El avión, que volaba de noche desde Jartum, pasó directamente sobre el aeropuerto internacional de Bole mientras la cabina seguía en silencio.
La alarma surgió cuando el vuelo ET343, con matrícula ET-AOB, no comenzó la aproximación prevista y continuó bajo piloto automático. Los intentos del control aéreo por contactar a la tripulación no tuvieron respuesta, lo que generó preocupación en tierra. Según los registros de Flightradar24, el avión llegó a la vertical del aeropuerto a las 02:51 UTC, pero no descendió hasta 25 minutos después.
En 2026, Ethiopian Airlines y Boeing estuvieron nuevamente en el centro de la atención mediática tras anunciarse el pago de 87,3 millones de dólares a 32 familias kenianas afectadas por el accidente del vuelo 302 en 2019.
Los primeros informes apuntaron a que ambos pilotos podrían haberse quedado dormidos, aunque esto nunca se confirmó oficialmente. Ethiopian Airlines reconoció la pérdida temporal de comunicación, pero no la atribuyó a un error humano. La compañía indicó que la comunicación se restableció y que el aterrizaje se realizó sin incidentes a las 03:16 UTC.
Según la secuencia filtrada a medios especializados, la alarma del piloto automático, que se activó tras sobrevolar el aeropuerto, habría despertado a la tripulación. Solo entonces los pilotos retomaron el control, reanudaron las comunicaciones y prepararon una nueva aproximación. Ethiopian Airlines no detalló cómo funcionó la alarma ni explicó por qué la cabina dejó de responder.
El riesgo real no estuvo en la estabilidad del avión, que nunca perdió el control técnico, sino en la falta de respuesta y en no iniciar el descenso en un espacio aéreo activo. El incidente mostró la vulnerabilidad de los protocolos cuando la automatización y la fatiga coinciden en vuelos nocturnos.
Según medios internacionales y reportes de 2026, la catástrofe del vuelo 302 de Ethiopian Airlines en 2019 sigue siendo un punto de referencia clave en la discusión sobre seguridad aérea y compensaciones, con nuevas indemnizaciones acordadas casi siete años después del accidente. La atención pública y regulatoria sobre Ethiopian Airlines se mantiene elevada, especialmente tras incidentes que involucran automatización y comunicación en cabina.
La aerolínea apartó temporalmente a los miembros de la tripulación implicados y abrió una investigación interna, aunque no hizo públicos los resultados ni confirmó el número exacto de pasajeros a bordo. Algunas fuentes internacionales mencionaron más de 150 ocupantes, pero la cifra no fue verificada oficialmente.
La fatiga de los pilotos es un riesgo reconocido en la aviación comercial. Según una revisión científica publicada en Frontiers in Physiology, entre el 68% y el 91% de los pilotos comerciales han experimentado fatiga en algún momento de su carrera. El vuelo ET343 sobrevoló Adís Abeba en plena madrugada local, una franja horaria asociada a mayor propensión al sueño, aunque esto no basta para establecer la causa del incidente sin el informe final de la investigación.
El caso de Ethiopian Airlines vuelve a poner sobre la mesa los límites de la automatización y la gestión de la fatiga en cabina. La falta de transparencia sobre el resultado de la investigación y la ausencia de explicaciones públicas aumentan la inquietud sobre la seguridad en rutas nocturnas. Mientras la compañía guarda silencio, el episodio deja claro que la confianza en los sistemas automáticos no sustituye la vigilancia humana, especialmente cuando la fatiga sigue siendo un riesgo persistente en la aviación moderna.